La irresistible ascensión del ‘Homo mediocris’ | Carmen Posadas

PEQUEÑAS INFAMIAS

Hace unas semanas tuve la sorpresa de ver como un artículo mío escrito hace muchos años se convertía en viral. De pronto, empezaron a llegarme notificaciones de sitios tan dispares como Cuba, Alemania o Nueva Zelanda. Por supuesto, fue una gran alegría y agradezco desde aquí a todos los que lo retuitearon y glosaron. Los comentarios que suscitó eran todos positivos, lo que no deja de ser increíble en tiempos en los que hasta las reflexiones del más elemental sentido común desatan las iras de haters u odiadores. El artículo del que hablo se llama El mundo es de los mediocres y en él me maravillaba de que personas que no son inteligentes ni preparadas, tampoco talentosas y ni siquiera trabajadoras o perseverantes alcanzan metas más elevadas que otras que sí lo son. Por supuesto, la hegemonía de los mediocres no es un fenómeno nuevo. El artículo anterior hablaba de Stalin, al que su correligionario Trotski desdeñosamente tachó de «mediocre y oscuro» solo para comprobar con estupor cómo Stalin no sólo lograría acabar con él, sino que incluso hizo palidecer al mismísimo astro rey de la revolución, el camarada Lenin.  ¿Cómo? Simplemente, con una eficaz combinación de atributos y tácticas que los mediocres manejan como nadie. Un mediocre, antes de llegar arriba, vuela bajo el radar para no despertar suspicacias, es maestro en el arte de hacer la pelota y, sobre todo, en practicar el ‘divide y vencerás’. Cuando por fin lo logra, lo lógico sería pensar que modificaría su conducta volviéndose menos mediocre. Pero no. Puesto que sabe que no puede hacerse amar, decide hacerse temer y, para preservar su posición, se rodea de una nueva cohorte de otros mediocres que le sirven de guardia pretoriana e impiden el paso a personas de talento. Así suele producirse la irresistible ascensión del Homo mediocris. Como, según Mark Twain, la historia no se repite pero rima (e incluso se autoparodia, añadiría yo), ahora tenemos la versión 2.0 de Iósif Stalin en Nicolás Maduro, por ejemplo. Si Stalin logró sojuzgar a fuerza de sangre y hambre a millones y millones de rusos, Maduro, más burdo y aún más mediocre que él, logra otro tanto con idéntico sistema e igual éxito.